PortadaArtículosGuías de animeLa historia del anime, desde el principio: un homenaje al anime

La historia del anime, desde el principio: un homenaje al anime

2.-Toei-animation-estudio-de-anime-dragon-ball-tu-web-anime

El anime tiene más de cien años de historia. Sí, como lo oyes, la animación japonesa nos lleva acompañando desde hace un siglo y nos ha regalado grandes obras que han marcado nuestras vidas. Así que hoy vamos a rendirle un merecido homenaje al género contándote toda la historia del anime, bien organizada por épocas, para que puedas aprender a tu ritmo y ser un auténtico crack de la materia.

Este artículo recoge los años, autores y trabajos más importantes de todo el anime, en una guía que está diseñada para que nunca te pierdas cuando quieras buscar información sobre un año en particular. Es un trabajo de documentación importante, así que te mostramos las fuentes en los propios enlaces externos del artículo, para que puedas hacer tus propias pesquisas y nadar libre en las aguas del anime.

¡Empieza a conocer la verdadera historia del anime con nosotros!

PRÓLOGO: EL ANIME, UN CUENTO DE VIAJEROS

Imagínate el Japón tradicional en los años 20 del siglo pasado. En una época donde no existían ni la radio ni la televisión, el entretenimiento estaba en las calles y en los teatros, donde se interpretaban pequeñas obras que congregaban a los japoneses para disfrutar de sus horas de ocio en compañía.

Estas fueron las precursoras del anime: formas de narrar historias que descubrías lentamente, bien a través de pergaminos que un viajero desenrollaba poco a poco delante de ti (emakimono) o con las actuaciones de los artistas callejeros, que ponían sombras chinescas en las paredes o llevaban sus propios soportes de madera con imágenes dibujadas (kamishibai) para contar aventuras a los niños.

Las revistas de la época, que también empezaban a publicar mangas cortos en sus páginas, vieron el parecido entre estas historias y las que contaban los primeros cortometrajes animados de la recién creada industria del cine. Viendo obras como el Théâtre optique de Émile Reynaud (1888), Humorous Phases of Funny Faces (1906) o Fantasmagorie (1908), de Émile Cohl; decidieron comisionar pequeñas obras audiovisuales a artistas japoneses de la época para buscar el éxito en sus propios teatros. Y así este fue el primer paso en la historia del anime.

El espíritu estaba en las formas de entretenimiento de Japón, mientras que el medio era la recién creada industria del cine en el extranjero. Era una combinación perfecta para el nacimiento de un fenómeno que no tardó en conquistar a los nipones: la animación japonesa.

¿Cuál es el primer anime de la historia?

Fotograma de Katsudō Shashin, el primer anime de la historia. Fuente: youtube

El primer anime de la historia fue Katsudō Shashin («Imágenes en movimiento»), un clip de 50 fotogramas y 3 segundos de duración hecho en una tira de celuloide que se repetía en bucle al proyectarse. En él, un joven marinero con un sombrero rojo escribe ese mismo texto en una pizarra mientras se da la vuelta y saluda. Fue descubierto el 31 de julio de 2005 por el profesor Natsuki Matsumoto en un proyector de una familia de Kyoto.

A día de hoy, no se sabe nada del autor. Tampoco está claro si se hizo en 1907 (un año antes de que Fantasmagorie divulgara la animación por el mundo) o fue en 1914. Eso sí, existen teorías que lo sitúan como parte de una producción en masa encargada por el estudio de cine Yoshizawa Sōten, elaborada con una técnica que ya permitía animar los dibujos a través de la linterna mágica: el estarcido o kappazuri. En cualquier caso, esta podría ser la primera manifestación de animación japonesa de la que tenemos constancia.

LOS AÑOS 20: EL NACIMIENTO DEL ANIME

Los fundadores del anime

Sea como fuere, la verdad es que el anime como tal nació unos años después del fragmento denominado Katsudo Sashin: en los años 20. En ese momento ya habían aparecido las primeras productoras de cine en Japón, mientras que las editoriales de las revistas japonesas eran una gran fuente de dibujantes que se sentían atraídos por la posibilidad de llevar a distintos formatos como la pizarra lo que habían visto en las animaciones extranjeras.

Fue así como, de 1917 a 1923, aparecieron tres dibujantes que son considerados los padres del anime: Oten Shimokawa, Jun’ichi Kōuchi y Seitaro Kitayama. Con más de 20 cortometrajes hechos para los cines japoneses entre los tres en esta época, nos enseñaron cómo unos dibujos en movimiento, fabricados con técnicas rudimentarias como la cera o el carboncillo, podían tener su nicho de mercado en las taquillas de los cines y teatros nipones.

Oten Shimokawa

fotografia de Oten Shimokawa fundador anime animacion japonesa
Imagen de Oten Shimokawa. Fuente: Anime News Network

Una de las primeras compañías de cine que se interesó por financiar productos de animación fue Tennenshoku Katsudō Shashin, que en 1916 le encargó al joven dibujante Ōten Shimokawa una pequeña obra para proyectar delante del público en el famoso teatro de Tokio Asakusa Kinema Kurabu.

El mangaka de 26 años, que trabajaba en una revista haciendo tiras de cómic sobre temas políticos, no lo tuvo fácil para cumplir el encargo. Shimokawa empleó cera blanca y carboncillos sobre un fondo de tablero oscuro para dibujar los personajes, poniendo la tinta sobre la película directamente para que las animaciones resultaran convincentes.

De su esfuerzo surgió la primera obra del anime hecha con fines comerciales: Imokawa Mukuzō Genkanban no Maki (La historia del conserje Mukuzō Imukawa), un cortometraje de cinco minutos que enamoró a la audiencia y le permitió estrenar otros cinco proyectos parecidos a lo largo del año 1917. Por desgracia, no se han conservado fotogramas de ninguna de sus animaciones hasta la fecha.

El animador terminó su carrera unos años más tarde, aquejado por unos problemas de salud que le obligaron a retirarse y trabajar como consultor para otras empresas de animación que lanzaron sus obras durante los años 30 y 40.

Jun’ichi Kōuchi


Junichi Kouchi, fundador animacion japonesa
Imagen de Jun’ichi Kōuchi. Fuente: Animation Filmarchives

Otra de las empresas que vio el potencial del anime como medio de ventas fue Kobayashi Shokai, que le encargó a otro dibujante, Jun’ichi Kōuchi, la creación de una pieza de animación para su colección en 1917: Hanawa Hekonai, Meitō no maki (Hekonai Hanawa y su nueva espada).

El joven, pupilo del padre del manga Rakuten Kitazawa, llevaba años dibujando portadas para la revista política Tokyo Maiyu Shinbunsha, y lo vio como una oportunidad de crecer en el ámbito profesional. Fue así como se lanzó a la aventura de crear este cortometraje cómico, de 4 minutos, en el que un samurái tiene que salvarse de las jugarretas que le gasta una espada que él mismo le ha comprado a un anciano armero de su ciudad. A día de hoy, este es el único anime que se conserva de esta época.

Kouchi creó otras dos piezas para Shinbunsha ese mismo año, pero esta es la que mejor se conserva de todas las que se lanzaron. El autor volvió a su antiguo oficio como caricaturista, pero siguió vinculado al mundo de la animación desde 1923 a 1931, lanzando cortometrajes promocionales para diversos partidos políticos.

Cortometraje Hanawa Hekonai, Meitō no maki, de Sumikazu Kouchi. Fuente: Youtube

Seitaro Kitayama

seitaro kitayama fundador animacion japonesa anime
Imagen de Seitaro Kitayama. Fuente: Animation Filmarchives

Cuatro meses después de que Shimokawa lanzara el primer cortometraje del anime en Japón, le llegó el turno a un pintor que había mostrado gran interés por apoyar a los artistas japoneses de su tiempo: Seitaro Kitayama. El promotor de exposiciones y catálogos le propuso una animación propia al estudio Nikkatsu Mukojima que le valió buenas críticas: un cuento tradicional nipón titulado Saru Kani Gassen (La batalla del mono y el cangrejo).

Con el visto bueno de los ejecutivos de la compañía, Kitayama no tardó en contratar a otros diez jóvenes para empezar la realización de nueve películas más que se lanzarían durante el año 1917. Entre ellos estaban algunos que también darían forma y voz a la futura historia de la animación japonesa, como Sanae Yamamoto, Hiroshi Mineda y Kiichiro Kanai.

De Kitayama solo conservamos otra obra, producida por él y que vio la luz en el año 1918: Urashima Taro, una historia folclórica en la que un pescador salva a una tortuga y es recompensado con una visita al Palacio del dios Dragón.

Seitaro Kitayama se marchó de Nikkatsu en 1921 para fundar su propio estudio de animación: Kitayama Eiga Seisakusho. Sin embargo, el Gran Terremoto de Kanto de 1923 terminó con sus aspiraciones, y el dibujante dejó la animación para trabajar como cámara en uno de los periódicos más conocidos de la ciudad de Osaka hasta el final de sus días.

Cortometraje de Urashima Taro, obra producida por Seitaro Kitayama. Fuente: Youtube

El gran terremoto de Kantō (1923)

Existen dos motivos por los que se han recuperado tan pocos trabajos de esta primera etapa del anime. En primer lugar, los cines vendían los films de las películas a teatros pequeños, que a su vez los revendían para conseguir más beneficios. En segundo lugar, tuvo lugar un desastre natural que azotó la costa japonesa, llevándose los sueños de muchos animadores japoneses y la vida de más de 100.000 personas.

El Gran terremoto de Kantō (1923) fue una mezcla de tifones, incendios y tsunamis que golpeó la región de Kantō, extendiéndose hasta las regiones vecinas de Chiba, Shizuoka y la propia capital de Tokio. En total, más de medio millón de edificios quedaron destruidos, provocando que casi dos millones de personas se quedaran sin hogar en un país que no estaba preparado para el efecto de esta devastadora catástrofe.

El estudio de Seitaro Kitayama quedó destruido hasta las cenizas. Pero sus discípulos, entre los que se encontraban Sanae Yamamoto o Noburō Ōfuji, impulsarían nuevas técnicas para convertirse en auténticos maestros del anime. Fruto de su esfuerzo surgió una corriente de renovación que impulsó la reputación de la animación local en las décadas previas a la Segunda Guerra Mundial.

fundadores-anime-historia-del-anime
Fotograma de Saru Kani Gassen, de Seitaro Kitayama. Fuente: Google images

Los maestros del anime

Seitaro Kitayama y compañía habían puesto las bases del anime, una nueva forma de entretenimiento que había capturado el ojo de las principales productoras de cine de Japón. Los primeros cortometrajes, muchos de ellos basados en historias folclóricas o en la vida común de los japoneses, se hacían con técnicas rudimentarias, pero ya apuntaban maneras y demostraban que esta manera de animar cuentos aún tenía mucho margen de mejora.

Ahora había llegado el turno de que los aprendices de la animación japonesa, como Sanae Yamamoto o Noburo Ofuji, dieran un nuevo impulso al anime, incorporando recortes precisos en sus trabajos e introduciendo novedades como la mezca de anime y live-action, los letreros entre escenas (propias del cine mudo) y hojas con notas musicales para sugerir acompañamientos en sus presentaciones.

Gracias a estos maestros dibujantes se pusieron unos nuevos pilares para el anime, que le ayudarían a despegar como industria después de la Segunda Guerra Mundial. Se abrió la posibilidad de hacer obras únicas, de autor, patrocinadas bien por empresas privadas o por organismos del Gobierno que veían en este género del cine una buena forma de transmitir valores e ideales a la población japonesa.

Sanae Yamamoto

Imagen de Sanae Yamamoto. Fuente: Animation Filmarchives
Imagen de Sanae Yamamoto. Fuente: Animation Filmarchives

Sanae Yamamoto era uno de los alumnos predilectos de Kitayama. El joven artista tenía bien claro que quería ser dibujante, y se escapó de casa para estudiar en la prestigiosa Escuela de Arte de Kawabata y en la Asociación de Arte Tatsumi. Allí fue donde lo encontró el bueno de Seitaro, que lo puso a trabajar en su propio estudio de animación.

La única obra que hicieron juntos, de nombre La liebre y la tortuga (1924), narra la conocida fábula de estos dos animales con una pequeña innovación formal. La novedad está en que las voces de los dos animales sugieren notas musicales que pueden interpretarse mientras vemos las escenas, además de incluir las escenas intercaladas con texto que ya hemos mencionado para que entendamos mejor las motivaciones y las preocupaciones de los personajes. Es la primera vez que se hacía en la historia del anime.

Corto de La liebre y la tortuga (1924), de Sanae Yamamoto. Fuente: youtube

En 1925, Yamamoto decidió seguir su propio camino y fundar su propio estudio: Yamamoto Mangaeiga Seisakusho. En él hizo su segundo cortometraje, Ubasuteyama (1925), basado en una leyenda japonesa por la que los hijos debían abandonar a sus ancianas madres a su suerte en lo alto de una montaña. Pero un joven granjero decide esconder a su madre en el suelo del granero, y su sabiduría resulta clave para que el señor feudal termine perdonándole la vida.

La película tuvo tanta repercusión que el Ministerio de Educación japonés decidió contratar a Yamamoto y comisionar sus próximas animaciones. De esta forma pudo completar otros animes educativos basados en fábulas japonesas como Momotaro (1928), Old Man Goichi (1931) o El zorro perezoso (1941).

Después de la Segunda Guerra Mundial, el animador creó la empresa Shin Nihon Dogasha, en la que reunió a más de 100 jóvenes animadores para darle un nuevo impulso a la industria del anime. Junto con su amigo Kenzo Masaoka, llegaría a fundar la mítica Toei Doga, que con el paso de los años se convertiría en la empresa más importante en la historia de la animación japonesa: Toei Animation.

Con el paso de los años, e incluso después de abandonar la compañía, Sanae Yamamoto siguió dando lecciones a los nuevos animadores para que pudieran plasmar el arte de los dibujos en movimiento dentro de la gran pantalla. Un maestro que no solo dirigió obras, sino que también guió a otros jóvenes en la industria siguiendo los pasos de su maestro Seitaro Kitayama.

Ubasuteyama (1925), obra clave de Sanae Yamamoto. Fuente: youtube

Hakuzan Kimura

Suzumi-bone-historia-del-anime-maestros
Suzumi bune (barco de verano). Pintura Edo que inspiró a Kimura. Fuente: Pinterest

Fue precisamente otro discípulo de Kitayama, Hazukan Kimura, quien dedicó las primeras fases de su carrera a continuar su legado. En un principio era decorador de murales y dibujante de letreros para cines, pero unos amigos suyos lo pusieron en contacto con Asahi Kinema. La empresa le pagó para que creara su primer drama histórico en movimiento: Akagaki Genzo, a Sake Bottle Farewell (1924).

Tan solo un año después creó una de las mejores obras de la época, El cuento del templo cangrejo (1925), un relato budista en el que un cangrejo -una entidad espiritual en la mitología japonesa- salva a una joven muchacha de caer víctima de las fauces de una serpiente hasta en dos ocasiones. A partir de entonces, al igual que Yamamoto, empezó a producir obras comisionadas por el Ministerio de Educación hasta que dio comienzo la guerra. Algunas de las obras de esta época son The nation of fish (1928) y Yoshichiro Salutes (1933).

Pero si por algo es conocido Kimura es por haber creado el primer cortometraje pornográfico del anime. Se trata de Suzumibune (1932), un corto de 10 minutos en el que dos mujeres pasean por el río Kanda intentando seducir al capitán de un barco. El proyecto tardó 3 años en completarse, pero no llegó a ver la luz porque la policía lo requisó antes de que llegara a los cines. En la actualidad existe una copia que se encontró hace unos años, dentro del Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio, pero parece que no podrá verse hasta dentro de mucho tiempo.

The nation of fish, obra de Hazukan Kimura. Fuente: Youtube

Noburo Ofuji

Imagen de Noburo Ofuji. Fuente: Anime-planet
Imagen de Noburo Ofuji. Fuente: Anime-planet

Noburo Ofuji fue aprendiz de otro gran fundador del anime, Junichi Kouchi, y desarrolló un estilo único que influyó en la forma de hacer animación en todo el país. Utilizando figuras de papel milenario (chiyogami), contaba las historias de reyes y dioses que se enfrentaban entre sí por el honor de una princesa.

Esta técnica fue la que dio a conocer en sus primer cortometraje, Los ladrones del castillo de Baghdad (1926), en la que un pequeño ladronzuelo se embarca en una odisea por salvar a una mujer de un temible dragón.

Al año siguiente fundó su propio estudio de animación en casa. Su hermana y él se ocuparon de crear obras cada vez más ambiciosas, empleando técnicas nuevas como el cinecolor, las siluetas o la original mezcla entre cine de carne y hueso y figuras dibujadas en chiyogami. Durante esta época vieron la luz películas como La flor dorada (1929) o El himno nacional, Kimigayo (1932)

Ofuji incorporó el celuloide a color en sus dibujos después de que terminara la Segunda Guerra Mundial. Dos de sus películas, Ballenas (1952) y El barco fantasma (1956), llegaron hasta Cannes y Venecia, demostrando que el anime también podía competir en festivales internacionales.

Tras su muerte en 1961 se creó el primer premio en la historia del anime japonés, el Noburu Ofuji award. Con él se ha podido galardonar la innovación y la calidad en las películas de, entre otros, el Studio Ghibli o Satoshi Kon.

1 hora con las obras de Noburo Ofuji. Fuente: Youtube

Yasuji Murata

Imagen de Yasuji Murata. Fuente: MUBI
Imagen de Yasuji Murata. Fuente: MUBI

Yasuji Murata, al igual que Hakuzan Kimura, comenzó su carrera pintando murales de películas extranjeras en los cines de Kioto. Pero el Gran Terremoto de Kanto le llevó a conocer a Sanae Yamamoto, que le ayudó a definir su propia técnica basada en el estilo de papel recortado que había aprendido de su gran ídolo, el americano John Randolph Bray.

Su primer trabajo, El mono y el cangrejo (1927), estaba tan bien hecho que le llevó a recibir un encargo de la Yokohama Cinema Shokai para crear una serie de cortometrajes educativos para niños: la Athena Library Series (1925-39). Gracias a este ambicioso proyecto llegó a dirigir más de cincuenta películas, muchas de ellas basadas en cuentos infantiles con animales como protagonistas.

Algunas de las obras de esta época son The Animal Olympics y la innovadora Two worlds.

Apoyado por Yamamoto, Murata creó su propia empresa para producir películas de nuevos artistas. Después de la Segunda Guerra Mundial, muchos maestros como él tomaron este camino para abrir el campo a las nuevas generaciones.

Cortometraje El mono y el cangrejo (1927), de Yasuji Murata

LOS AÑOS 30: EL CELULOIDE CAMBIA EL ANIME

La llegada del celuloide, a principios de los años 30, supuso toda una revolución en la historia del anime, porque ayudó a crear piezas más largas y ambiciosas. Este material plástico importado de Estados Unidos permitía grabar con acetato, un sustituto muy eficaz de la cartulina, si bien solo podían permitírselo los artistas con una buena solvencia económica.

Uno de los primeros que lo utilizó en la historia del anime fue el dibujante, actor y productor Kenzo Masaoka, un joven adinerado de Osaka que quedó maravillado por las producciones de cine que se hacían en su época. Tanto, que decidió aplicar muchas de sus técnicas al anime, empleando el celuloide con regularidad e incluso grabando algunos de los primeros animes con color y con voz.

Kenzo Masaoka: el gran innovador del anime

Imagen de Kenzo Masaoka. Fuente: Animation.filmarchives
Imagen de Kenzo Masaoka. Fuente: Animation.filmarchives

Kenzo Masaoka era un joven de Osaka muy polifacético. Había trabajado como pintor, como productor, como actor e incluso como músico en su propia oficina de Kyoto, pero su amor por la animación llegó cuando tuvo la oportunidad de trabajar en el Nikkatsu Uzumasa Studio de la ciudad. Fue entonces cuando decidió llevar las innovadoras ideas que tenía en su cabeza a la realidad.

El primer proyecto del director fue La absurda historia de la isla de los monos. Volumen 1 (1931), el mediometraje de anime más largo que se había hecho hasta el momento. La obra era puntera para su tiempo porque mezclaba dos técnicas que intentaban darle un gran sentido de la expresión y el movimiento a la película: los recortes de papel, influencia directa de Yasuji Murata, y los nuevos acetatos recién importados de los Estados Unidos. El resultado final no era perfecto, pero ofrecía una gran fluidez a cambio de un coste de producción bastante asequible.

La absurda historia de la isla de los monos. Volumen 1. Fuente: Youtube

Un año después, Masaoka decidió fundar su propio estudio con la ayuda de dos aprendices muy aventajados: Mitsuyo Seo y Masao Kumasawa. Y fue en este momento de su vida cuando le llegó la oportunidad que esperaba, porque la mayor empresa de cine de Japón, Shochiku, le había comisionado para crear la primera película con sonido en la historia del anime: En el mundo del poder y las mujeres (1932).

La película fue un éxito, gracias a la publicidad y a la participación de actores famosos poniendo voz a los personajes, así que Masaoka decidió crear unas modernas instalaciones bajo el nombre de Centro de Investigación Artístico Masaoka. Su intención era mejorar la calidad y la expresión artística del anime a través del celuloide, que era bastante caro para aquel momento, pero no consiguió sufragar los enormes gastos que tenía la empresa que había fundado.

Fue entonces cuando empezó a colaborar con diferentes estudios, dando forma a la que se considera su obra prima: La araña y el tulipán (1943). En esta costosa producción, la única de la época que no tiene material bélico, se narra cómo una mariquita escapa de las garras de una sangrienta araña, con efectos de sonido y una banda sonora muy innovadora para la época.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Kenzo Masoka se unió a los maestros del anime Sanae Yamamoto y Yasuji Murata para fundar la Nueva Compañía de Animación Japonesa, donde crearía obras de gran belleza como Flor de cerezo: fantasía de primavera (1946) y su trilogía final de películas: Tora-chan (1947-1950). Algunas de estas obras sirvieron de inspiración para los artistas de Toei Doga, la filial creada por Yamamoto y que luego se convertiría en la archiconocida Toei Animation.

Kumo to Tulip, una película clave de Kenzo Masaoka en la historia del anime. Fuente: Youtube

LOS AÑOS 40: ANIMES PARA LA GUERRA

Los grandes dibujantes de preguerra como Sanae Yamamoto, Kenzo Masaoka o Noburō Ōfuji plantaron la semilla de la animación japonesa mientras enseñaban a jóvenes alumnos de todo Japón cómo animar sus trabajos. Ellos habían trabajado sobre todo en piezas educativas, financiadas por el gobierno, pero el anime de la Segunda Guerra Mundial iba a tomar un cariz muy distinto, enfocado en el mundo de la política.

El anime era un medio audiovisual propicio para latipo de propaganda de guerra, porque llegaba a todas las familias a través de los cines y los teatros públicos. El Ministerio de la Marina decidió comisionar a los animadores del país para que crearan películas bélicas honrando las batallas del país nipón. Fue así como el animador Mitsuyo Seo se puso al frente de un equipo de trabajadores para dirigir algunas de las producciones más ambiciosas del anime hasta el momento.

Mitsuyo Seo: Las primeras películas del anime

Imagen de Mitsuyo Seo. Fuente: Animation.filmarchives

Fue así como nació El mono Sankichi (1942), una serie de cortometrajes sobre el evento que comenzó la 2ª Guerra Mundial: Pearl Harbor. Su director era Mitsuyo Seo, fiel colaborador de Masaoka en sus películas sonoras y afín a un partido de izquierda radical, que había dejado los anuncios televisivos para empezar a crear animes que ensalzaran el «espíritu nacional» bajo las órdenes del Gobierno.

El siguiente trabajo de Seo también se basó en un famoso ataque aéreo, pero iba dirigida a un público infantil. Las águilas marinas de Momotaro (1943) muestra una flota de animales comandada por Momotaro, que se enfrenta a los «demonios» encarnados en los ingleses y los británicos. Con sus 150.000 fotogramas dibujados a mano, se había convertido en uno de los mediometrajes más laboriosos hasta la fecha.

Las águilas marinas de Momotaro, de 37 minutos de duración. Fuente: Youtube

El film tuvo tanto éxito que Mitsuyo Seo recibió a su cargo otras 70 personas para completar una secuela, basada en la invasión japonesa de Indonesia: Momotaro, Dios de las olas (1945). Con una duración de 74 minutos, nos encontramos ante la primera película en la historia del anime, en la que unos animales paracaidistas entrenados por Momotaro invaden la isla de Celebes, obligando a los ingleses que se habían establecido allí a rendirse incondicionalmente.

La producción de este film fue mucho más difícil. El material de celuloide era tan escaso que los artistas tuvieron que lavarlos y reutilizarlos, mientras que se rumorea que algunas voces de los personajes británicos fueron grabadas por auténticos prisioneros de guerra con acentos nativos. En cualquier caso, esta es la película que inspiró la carrera cinematográfica del considerado como «padre del manga y del anime» Osamu Tezuka.

Momotaro, Dios de las olas, primera película en la historia del anime. Fuente: Youtube

Ikuo Oishi: el cine perdido

Imagen de Ikuo Oishi. Fuente: Animation.filmarchives

Ikuo Oishi fue uno de los directores más influyentes del anime, si bien solo conocemos de él dos obras. Comenzó su carrera diseñando cartas de visita para varios negocios en Shochiku Kamata Studio, y el trabajo de sus coetáneos le impulsó a probar suerte en el mundo de la animación.

Debutó con Los dos soles (1929), y cuatro años después dirigió El zorro contra el mapache (1933), un cuento folclórico en el que un zorro se disfraza de samurái y pasa la noche en un templo lleno de mapaches.

La primavera llega a Ponsuke (1934) es el segundo cortometraje de Oishi que ha llegado hasta nuestros días, y el más famoso de cuantos hizo. A partir de ese año, el director se dedicó a rodar películas de instrucción para la Armada japonesa, hasta que murió en una expedición documental durante la Segunda Guerra Mundial.

Como dato curioso, uno de los estudios que había fundado en esta época pasaría a convertirse en la famosa productora de cine japonés Toho, que en años posteriores produciría los trabajos de Akira Kurosawa y las obras de animación del Studio Ghibli.

El zorro contra el mapache, la obra prima de Ikuo Oishi. Fuente: Youtube

LOS 50 Y LOS 60: EL PRIMER BOOM DEL ANIME

El fin de la Segunda Guerra Mundial supuso un cambio de identidad para la cultura japonesa. Horrorizados por el dolor de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, los nipones estaban a punto de vivir la invasión cultural de los Estados Unidos, que afectaría a sus costumbres, a sus hábitos de vida y a su forma de entender la economía global.

Pero esta llegada de las tropas aliadas terminó siendo positiva para la animación japonesa, porque ahora contaba con otras vías de financiación y podía enfocarse en explorar temas que no tenían que ver con la guerra. Así fue cómo los animadores jóvenes y veteranos se unieron para reflotar la industria, creando nuevos estudios e intentando llegar hasta el público televisivo en la nueva era del entretenimiento en masa.

De esta forma, el primer largometraje a color de Disney, Blancanieves (1937), terminó llegando a los cines japoneses en 1950, asombrando a más de un animador y preparando el camino para la llegada del anime moderno a manos de Osamu Tezuka y Toei Animation.

Estaba a punto de empezar la era de las primeras películas y series de anime comerciales, que no solo se quedarían en las retinas japonesas, sino que también atravesarían los mares para llegar hasta el público occidental. Un fenómeno cultural estaba a punto de ocurrir, pero antes tenemos que poner el foco en cómo nació la empresa más importante de la animación oriental: Toei Animation.

Blancanieves influyó de forma decisiva en el anime de posguerra. Fuente: eCartelera

Los precursores de Toei Animation

El anime había avanzado mucho desde que nació en el año 1917. De los cortometrajes mudos de apenas 3 minutos se había pasado a pequeñas obras audiovisuales hechas en celuloide, con una historia, efectos de sonido, voces y música para ambientar las escenas. Gran parte de ello se lo debemos a Kenzo Masaoka, pero hubo otros maestros del anime como Sanae Yamamoto que estaban decididos a restaurar la producción de un género que llevaba años enfocado solo en la propaganda de guerra.

En 1945, presionados por las actividades censoras de la Supreme Commander of Allied Forces (USA) en Japón, Kenzo Masaoka, Yasuji Murata, Taiji Yabushita y Sanae Yamamoto decidieron fundar la Nueva Compañía de Animación Japonesa (Shin Nihon Dōga Sha). En ella trabajaban cerca de 100 animadores, que en el espacio de tres años pudieron sacar a la luz una obra del propio Masaoka –Sakura (1946)- y de un recién incorporado al estudio: Masao Kumagawa –The magic pen (1946)-.

La falta de presupuesto obligó a Masaoka y a Yamamoto a fundar una compañía aparte con el amparo de una productora nueva en el mercado, Toho, que promocionaba películas para niños: la Compañía Japonesa de Animación. Esto les permitió la libertad artística suficiente para dar vida a la última trilogía de Kenzo Masaoka, Tora-Chan (1947). Con ella se ponía fin a la dirección del maestro, que contaba con sus fieles compañeros Yasuji Mori y el propio Kumagawa a cargo de la animación.

No tuvieron mucho tiempo para pensar en el futuro, porque una nueva compañía de nombre Toei decidió adquirirla dentro de su ambicioso proyecto de entretenimiento animado para Japón. Fue así como, en 1956, nació Toei Animation, un estudio en forma de corporación que aspiraba a traer las ideas de la animación occidental al país para convertirse en el «Disney de oriente».

La llegada de Toei Animation

anime 60 toei animation hiroshi okawa
Hiroshi Okawa, primer director de Toei Animation. Fuente: Find a grave.

Hiroshi Okawa tenía un gran plan para llevar a Toei Animation a lo más alto en la industria del entretenimiento. El director de esta nueva empresa mandó una delegación a Disney para conocer sus técnicas de animación, invitando a sus directivos a venir a Japón, y construyó un edificio similar al de ellos en Tokio, que se conocía como «el palacio de paredes blancas con aire acondicionado”.

El objetivo del director de la empresa era crear obras que pudieran llegar a públicos muy amplios formados por «niños, adolescentes, familias de clase baja y campesinos». Okawa puso al frente del proyecto al estudio de Yamamoto con sus 35 animadores, encargados de instruir a jóvenes promesas para realizar su primer largometraje.

Imagen del museo de Toei Animation en Tokyo animes 60
Museo de Toei Animation en Tokyo. Fuente: gotokyo.org

Hakujaden: la primer película de anime en color

La estrategia dio resultado. La primera película a color en la historia del animeHakujaden o El cuento de la serpiente blanca (1958), era la adaptación de un cuento chino sobre un chico llamado Xu Xian y una serpiente blanca que adopta la apariencia humana de una mujer, Bai Niang. Los creadores decidieron mantener los nombres y los paisajes chinos como una muestra de simpatía frente a las tensiones entre este país y el japonés.

La producción de la película duró dos años, en los que más de mil animadores de toda índole fueron pasando por las amplias oficinas de Toei Animation bajo la mirada del director Taiji Yabushita. Coordinados en dos equipos a cargo de los animadores líderes más veteranos, Yasuji Mori y Akira Daikubara, muchos de ellos iban recibiendo formación y encontrando su primer trabajo en la incipiente industria del anime. Tres de ellos fueron el influyente Yasuo Ōtsuka, mentor de Hayao Miyazaki, Daikishiro Kusube y el conocido Rintaro, que ha participado en muchas de las películas más famosas de los últimos 50 años.

Finalmente, Hakujaden llegó a los cines japoneses, y a los americanos, en el año 1959. Fue así como se convirtió en la segunda película de anime que aparecía en la gran pantalla estadounidense, solo después de la segunda que había creado la propia Toei ese mismo año: Magic Boy (1959). Los personajes, y sobre todo los animales que replicaban el estilo Disney, ayudaron a que fuera un auténtico éxito reconocido en varios festivales internacionales.

A estas dos películas siguieron otras como Alakazam el Grande (1960), basada en la obra de Osamu Tezuka; El hermano huérfano (1961) o Simbad el marino (1962); la primera película de anime estrenada en España. Todas ellas dirigidas por Yabushita, iban adaptando cuentos occidentales al estilo de Toei Animation, creando un estándar de animación que iba a marcar la forma de ver el anime en los años posteriores.

Astroboy: la primera serie de anime de la historia

series de los 70 y los 80 y la influencia de osamu tezuka en el anime
Osamu Tezuka, el «dios del manga», retratado con sus dibujos. Fuente: dca.gob.gt

Unos años después de Hakuja-den vimos cómo un hombre se encargaba de poner las bases de las nuevas animaciones para televisión en Japón: el reconocido «dios del manga» Osamu Tezuka.

El dibujante había comenzado su carrera con la publicación del primer manga comercial, La nueva isla del tesoro (1947), mientras que había puesto las bases de los novedosos géneros del shonen y el shojo con obras como Kimba el león blanco (1950) o La princesa caballero (1958).

Pero fue en1963 cuando decidió dar un paso adelante hacia el anime, invirtiendo una parte de sus ingresos en fundar un estudio propio para crear la primera serie de animación para televisión en la historia del anime: Astroboy.

El éxito llegó dentro y fuera de Japón, lo que le ayudó a financiar un byevi anime a color, el primero de su categoría para televisión: Kimba, el león blanco (1965). El modelo de adaptaciones de sus propios mangas a un formato que pudiera gustar internacionalmente fue lo que ayudó a Mushi Productions a expandir el conocimiento del anime en occidente.

Opening de Kimba el león blanco, de Osamu Tezuka. Fuente: Youtube

Más adelante, Osamu Tezuka se encargaría de preparar nuevas películas que entrarían en la historia del anime por ser las primeras del género para adultos en todo el mundo. La trilogía Animerama Las mil y una noches (1969), Cleopatra (1970) y Belladonna of Sadness (1973) cimentó el estatus de su estudio como uno de los pioneros en este tipo de animación, que para entonces se dedicaba solo a un público infantil.

Otras series de anime de los 60

Pero en los 60 también naciero series hechas por otros estudios que ayudaron a que el anime empezara a conocerse en los Estados Unidos y en Europa.

En el caso de Toei Animation, tenemos que destacar series como Ken Pepito, el niño lobo (1963) o la primera serie del género shojo y magical girls de la historia de la televisión: Sally la bruja (1968). Animadores tan experimentados como Hayao Miyazaki o Isao Takahata tuvieron un papel protagonista en ellas para hacerse un hueco en el mundo del anime.

En esta época también predominó la ciencia ficción, gracias a estudios independientes que contaban historias como la de Gigantor (1965) o Cyborg 009 (1968), mientras que vimos el nacimiento de algunos de los animes costumbristas más longevos como Sazae-san (1969).

Esta fue una época de experimentación, en la que los animadores buscaban sponsors constantemente para crear series que pudieran triunfar en la televisión japonesa a imagen y semejanza de Astroboy. Juguetes, marcas de dentífrico, cereales… Todo valía para hacerse un hueco en la programación de una sociedad que estaba dispuesta a dejar atrás los malos tiempos de la guerra disfrutando de una buena dosis de entretenimiento en los medios populares del momento.

Opening de Sally la bruja, obra de Toei Animation. Fuente: Youtube

LOS 70 Y LOS 80: UN FENÓMENO MUNDIAL

La llegada al anime de Toei Animation en 1956 y de Osamu Tezuka en 1963 marcaron el comienzo de una nueva era. Los 60 vieron el nacimiento del anime en la televisión japonesa, pero las series de los 70 y los 80 fueron las que lo convirtieron en un fenómeno global.

El anime de los 70

Los 70 marcaron una expansión en las posibilidades del anime, motivada por tres hechos: la bancarrota de estudios como Mushi Production, que se escindieron en otros muy conocidos como Madhouse o Sunrise, la inyección de nuevos animadores talentosos para estos estudios y la creación de nuevos géneros gracias a una respuesta comercial cada vez más grande por parte del público japonés.

Fue así como empezaron a nacer los primeros animes deportivos como Ashita no joe (1970) y los famosos animes mecha hicieron acto de presencia con Mazinger Z (1972) o Mobile Suit Gundam (1979). En esta época se hizo normal adaptar mangas famosos, publicados inicialmente en revistas del género, que garantizaban un buen resultado comercial en su versión animada para televisión.

Pero también había espacio para obras de autor, basadas en cuentos infantiles europeos, que demostraron ser muy rentables más allá de las fronteras japonesas. Isao Takahata empezó la moda dirigiendo Heidi, la niña de los Alpes (1974), que puso en marcha todo un contenedor de series de este tipo producidas por Nippon Animation y que permitió la creación de obras tan entrañables como El perro de Flandes (1975), Marco (1976) y Ana de las tejas verdes (1979). Es lo que se conocía como el World Masterpiece Theatre.

El final de los 70 nos trajo el auge de un género que aún tenía que explotar en el anime: el shojo, dirigido al público femenino. Obras como Candy Candy (1975) o La rosa de Versalles (1979) proponían temas maduros, dramas emocionales que hicieron evolucionar la cantidad y la calidad de estas producciones en la televisión japonesa.

Mural con animes de Nippon Animation, estudio autor de Heidi, Maya o Marco. Fuente: Pinterest

El anime de los 80

En el año 1980, las series de anime ya estaban consolidadas en todo el mundo. Era solo cuestión de tiempo que la fama de este formato de animación diera el salto a otros espacios donde pudiera llegar a públicos aún más masivos, y así fue, porque en esta época fue cuando las películas de anime pasaron a la primera línea comercial, y las cintas de OVA (Original Video Animation) permitieron que cualquier persona pudiera ver anime en su casa con su reproductor de vídeo favorito.

La nueva generación de dibujantes de los 80 creó mangas memorables, que dieron lugar a series de anime que se convertirían en superéxitos televisivos a nivel mundial como Lum, la chica invasora (1981), Captain Tsubasa (1983), El puño de la estrella del norte (1984) o Caballeros del Zodíaco (1988). Mención aparte para Dragon Ball (1986), uno de los grandes causantes del fenómeno otaku y la obra más influyente en el terreno del shonen hasta nuestro tiempo.

En el otro lado de la ecuación estaban las OVA, que comenzaron con la obra de Mamoru Oshii Dallos. Se trataba de cintas de VHS que solían contar historias originales en pocos episodios, de buena calidad, que muchos forofos del anime podían encontrar en sus tiendas de manga favoritas de las ciudades japonesas. Algunas de las más importantes de esta década fueron El huevo del ángel (1985), Devilman: The Birth (1987) o Gunbuster (1988), del recién creado Studio Gainax.

Como hemos dicho, las películas también vivieron un gran auge en los 80. Por un lado, Nausicaä, del valle del viento (1984), La tumba de las luciérnagas (1988) y Mi vecino Totoro (1988) conectaron con niños y adultos de Occidente para impulsar la fama de Hayao Miyazaki e Isao Takahata como directores del Studio Ghibli (1985).

Por otro lado, las innovaciones técnicas de Akira, como las escenas hiperdetalladas, los diálogos pregrabados o las animaciones a 160.000 celuloides conquistaron las pantallas de cine americanas y sentaron el estándar para la inmensa mayoría de las películas de anime de los 90, que con presupuestos algo más modestos pero con la misma ilusión por difundir este género cultural al mundo, lograron grandes éxitos de taquilla en países como Estados Unidos, España o Alemania.

Opening de Dragon Ball en castellano. Fuente: Youtube

LOS AÑOS 90: CRISIS Y RECONSTRUCCIÓN DEL ANIME

El anime comenzó los años 90 con mal pie, por el estallido de una crisis económica en Japón que duró más de quince años. En esta época se redujo mucho el número de obras, la buena noticia es que los estudios volvieron a la carga hacia mitades del decenio y, lejos de reducir la calidad de sus obras, dejaron salir toda su creatividad en lo que es, posiblemente, la época de mayor explosión creativa en la historia del anime.

El gran ejemplo está en el nacimiento de series como Neon Genesis Evangelion (1995) y Cowboy Bebop (1997), dos animaciones originales que fueron un pelotazo en Estados Unidos e impulsaron el fenómeno otaku que ya había iniciado Dragon Ball por todo el globo. Si a esto añadimos el nacimiento de fenómenos transmedia com Pokémon (1997) o Digimon (1999), con animes nacidos de los videojuegos, tenemos un fenómeno comercial masivo conocido como cultura japonesa, capaz de vender todo tipo de juguetes, muñecos o consolas por todo el mundo.

En España, acostumbrados como estábamos a ver el anime en las emisiones públicas de TVE 1 o La 2, vivimos el boom de televisiones privadas como Antena 3Telecinco y Canal +, que querían ganarse el corazón de las audiencias más jóvenes con dibujos animados recién traídos de Japón. El resultado fue que nuestro país se convertía en el primero en traer algunas series de gran importancia, como Sailor Moon (1992), La familia crece (1994) o Detective Conan (1996).

Esta década fue, también, la edad de oro de las películas de anime. Como la cantidad de series que se producían estaban mermando, los directores se esforzaron por dejar alto el nivel del anime con obras maestras como Ghost in the shell (1995) La princesa Mononoke (1997), Perfect Blue (1998) o Jin-Roh (1999), que también tuvieron un gran éxito en las taquillas internacionales.

Te invitamos a que conozcas algunas de estas series y películas de los 90 en el siguiente enlace.

studio-ghibli-miyazaki-takahata-osamu-tezuka
Imagen del logo de Studio Ghibli. Fuente: latercera.com

La burbuja económica de Japón

Desde 1955 a 1990, Japón había atravesado un aumento espectacular del PIB que la había convertido en una de las economías más grandes del mundo. En la década de los 80 el negocio de la construcción generaba millones de yuanes, así que muchas empresas niponas se dedicaron a comprar suelos a precios baratos y venderlos más caros para financiar su actividad.
La consecuencia fue que se generó una gran burbuja en la que también participaban negocios de otro países, que invertían dinero para sacar una gran rentabilidad en una moneda que les daba más dinero al cambio en sus propios mercados. Como muestra de ello, durante 1990 el valor total del suelo japonés equivalía al 20% de la riqueza mundial. La venta del palacio imperial japonés, en Tokio, hubiera bastado para comprar toda California.

El problema llegó a partir de ese año, cuando la burbuja especulativa de los inmuebles explotó. El precio de suelos y viviendas cayó en picado, y cuando todos los implicados intentaron vender sus acciones de forma masiva antes de que perdieran dinero, se produjo un colapso que provocó el cierre de miles de empresas, fomentó un paro nunca visto hasta entonces y llevó a una recesión económica que aún tiene repercusión en nuestros días.

El resultado en la historia del anime de los 90 fue un estancamiento potente en la industria, ante la falta de inversores dispuestos a poner capital en la producción de entretenimiento dirigido a un público joven. Después de 1990 pasaron unos años hasta que volvió a recuperar su actividad, pero cuando lo hizo, no hubo marcha atrás. Las series y películas japonesas ya habían ganado protagonismo en muchos países desde hace dos décadas, así que solo hubo que adaptar formatos creativos como mangas, cuentos o videjouegos al anime para satisfacer a un público occidental que cada vez pedía más productos originales del país del sol naciente.

El SIGLO XXI: EL ANIME COMERCIAL Y EL ANIME POR STREAMING

El cambio de siglo también trajo una concepción nueva de la animación japonesa. Los estudios y las productoras comenzaron a explotar el enorme éxito que tenía este género en todo el mundo, adaptando mangas que habían tenido una gran popularidad en Japón a series de anime que podrían convertirse en auténticos pelotazos en Occidente.

Así fue como nacieron Rozen MaidenOne PieceNarutoBleachInuyasha o Fullmetal Alchemist, obras que cuentan con legiones de seguidores, además de decenas de películas y un merchandise con un atractivo espectacular. Junto a ellas, aparecieron cientos de animes populares basados en formatos distintos como videojuegos, novelas ligeras, grupos musicales, platos de comida…

El fenómeno de internet ha permitido que cualquier persona pueda ver casi cualquier anime moderno hoy en día, con plataformas de anime que facilitan la tarea de encontrar las series y las películas más importantes desde los 90 hasta hoy. El streaming se ha convertido en la mayor fuente de ingresos de la industria, mientras que los simulcast o las emisiones de capítulos de series poco después de su estreno en Japón se ha convertido en la última moda.

Los años 90 estuvieron marcados por una recesión económica que, aunque redujo el número de series y películas de anime en Japón, no influyó en su calidad creativa. Los estudios de animación se sobrepusieron a la adversidad regalándonos personajes bien trabajados, historias inolvidables y una gran maquinaria de merchandise para sufragar los costes allá donde viajaban sus trabajos. La llegada del nuevo milenio les daría nuevas herramientas para expandir sus obras a todo el mundo a través de internet: es el anime del siglo XXI.

El mundo online, la masificación del anime, el CGI o trabajo por ordenador y el streaming han sido solo algunas de las palabras que han marcado los más de veinte años que llevamos de siglo. En ellos ha cambiado la forma en la que se crea el anime, pero también la forma que tenemos de consumirlo y, claro está, la manera de compartirlo con nuestros amigos.

El cambio ha sido muy grande, así que vamos a ir poco a poco para que entiendas bien cómo es el anime actual, ese que tanto te gusta ver en el ordenador, o que disfrutas en los cines de tu ciudad. Este es un artículo de otakus hecho para otakus, así que prepárate para guardar la página en favoritos y descubrir nuevos animes que te dejarán… ¡asombrado!

El anime en el siglo XXI: Del 2000 al 2010

El movimiento otaku, el centro del anime en el siglo XXI. Fuente: Pexels (Meijii)

La década de los 2000 estuvo marcada por un aumento imparable de los animes que se producían para satisfacer la demanda japonesa y occidental. Las cifras nos dicen que durante los años 90 se crearon 494 animes, mientras que durante los primeros años del siglo hasta el 2006 la cifra había llegado a más del doble: 964. Ese mismo año se logró lo nunca visto: el récord del mayor número de serie lanzadas al mercado con más de 300.

El anime se había convertido en un fenómeno masivo que competía con otros medios como los videojuegos o las películas, pero a cambio de un coste muy alto en la producción. El aumento de aficionados otakus en todo el mundo obligaba a muchos estudios a subcontratar sus servicios, pagar miserias a sus trabajadores o reducir el número de fotogramas para abaratar los costes que suponía mantener series tan largas como One Piece, Naruto o Bleach.

La solución para algunos de ellos tuvo la forma de un ordenador y la tecnología CGI. Esta ya se había utilizado en películas de los años 80 y 90 como Ghost in the shell, pero la llegada de nuevos softwares y programas audiovisuales más avanzados permitió que la animación digital se convirtiera en el estándar a la hora de crear nuevos trabajos de anime dentro de la industria. La producción que más contribuyó a ello fue A.LI.CE, la primera película que se hizo al 100% con CGI en el año 2000.

Esta fue también la época de internet, que cambió la forma de consumir y producir anime. Los nuevos formatos se abrieron paso a través de la primera ONA (Original Net Anime o Anime Original de Internet) en 2002, Magical Play, mientras que los estudios empezaron a serializar las novelas visuales en línea o los videojuegos de mundo abierto para aprovechar el gran tirón que tenían entre los jóvenes. En esta época también nacieron los fansubs, comunidades de traductores que digitalizaban y subtitulaban aquellos animes que no podías encontrar en la televisión o en otras partes de la red.

La llegada de Crunchyroll en 2006, la primera plataforma de streaming de anime; y el lanzamiento del primer simulcast a todo el mundo con Naruto Shippuden, en el 2008, marcarían una auténtica revolución comercial que despegaría a partir del siguiente decenio. Ya no tenías que esperar a que tu serie favorita llegara a la tele, o a la tienda de DVD cerca de tu casa: ahora bastaba con encender el ordenador para ver el contenido que querías, sin prisas y con toda la comodidad del mundo.

Las películas, por otro lado, confirmaron la gran popularidad que tenían en los años 90, y entraron en el año 2000 con ganas de demostrar que podían llegar al mismo nivel de relevancia que las series. Esto les valió muchos premios dentro y fuera de las fronteras niponas. El gran ejemplo de ello fue El viaje de Chihiro, de Studio Ghibli, que fue la producción de anime más cara hasta la fecha y consiguió dos galardones muy prestigiosos: el Óscar a la mejor película de animación en el año 2002 y el Oso de Oro en el Festival Internacional de Cine de Berlín.

El anime en el siglo XXI: Del 2010 al 2022

El merchandise, los derivados del anime en el siglo XXI. Fuente: Pixabay (Vinsky2022)

El siguiente decenio acusó la crisis inmobiliaria que había empezado en 2008, y que supuso otro batacazo en la producción de anime a nivel mundial. Los datos nos dicen que de las 159 series de anime que se produjeron en el año más prolífero de la historia del género, el 2006, apenas se llegaba a las 118 series durante todo el 2010.

Esto llevó a muchos estudios a buscar nuevas formas de financiación para sus series, por ejemplo, ofreciendo ediciones limitadas a fans hardcore o incluyendo más elementos moe para atraer al público y convertirlos en auténticos fanáticos. Otra idea que llevaron a cabo fue crear animes para nuevos públicos o remasterizar antiguas obras que ya habían tenido éxito en el mercado. Algunos incluso, como el estudio Trigger, MAPPA o Ponoc, se dividieron de otros más grandes como GAINAXMadhouse o Studio Ghibli para emprender con ideas que pudieran llegar hasta un público más específico que ya había demostrado interés en sus obras.

Con el paso del tiempo, las productoras de anime también encontraron una buena fuente de ingresos en los servicios de streaming que siguieron el éxito de Crunchyroll. En el 2013 nació su versión japonesa, Daisuki, mientras que otras empresas como Netflix, Funimation o Filmin no tardarían en coger el testigo para ofrecernos animes de calidad doblados y subtitulados en países como España, Alemania o Estados Unidos.

Por último, la época de la viralidad en la que vivimos ha establecido un nuevo patrón para hacer animes. Ahora muchas series se crean para internet, basadas en mangas o en novelas ligeras, y si consiguen ingresos millonarios se hacen varias temporadas con otros productos culturales que tienen el éxito asegurado: películas, merchandise, videojuegos... Así es como funcionan series virales como Demon Slayer (2019), que ya es un fenómeno mundial porque cuenta con tres temporadas y la película de anime más taquillera de la historia hasta ahora: Guardianes de la noche: Tren infinito (2020).

EL FUTURO DEL ANIME: ¿HACIA DÓNDE VAMOS?

Una persona viendo Netflix en la tablet. Fuente: Pixabay

Ahora que contamos con miles de animes a nuestra disposición, y que podemos verlos con un simple clic en el ordenador y la televisión, parece que las barreras entre lo japonés y lo internacional se han difuminado. Vivimos en un mundo globalizado, donde los animes ya no solo se producen en Japón, sino también en empresas de otros países como China, con Haoliners Animation League o Netflix en Estados Unidos, que además ya tiene su propio estudio y cuenta con obras propias en forma de series o películas en streaming.

Esto significa que cada vez tendremos una mayor segmentación: habrá compañías como Sony o Amazon Prime que financien animes para el público occidental, mientras que los directores asiáticos continuarán haciendo animes que conquisten en su tierra natal y luego puedan exportarse a tierras extranjeras. Por otro lado, fuentes de financiación accesibles al público como kickstarter ayudarán a muchos artistas a producir sus propios trabajos independientes, que también estarán disponibles en internet y aumentarán la demanda global del género.

El dato que ilustra el futuro del anime es este de la Association of Japanese Animation: de los 24 mil millones de dólares que facturó la animación japonesa en 2020, se espera que en 2027 esa cifra ascienda a 44 mil millones de dólares. Casi el doble de dinero en siete años, amparados por el éxito de las series y película más populares y el aumento de consumidores de anime en todo el mundo.

Eso sí, esta industria se encuentra ante retos enormes que podrían explotar dentro de unos años. Ahora, producir un capítulo de una serie puede costar 175.000 dólares, o incluso más cuando se trata de un blockbuster, así que la exigencia es enorme para muchos estudios que apenas reciben dinero en la producción y tienen que subcontratar sus servicios al extranjero o pagar una miseria a sus trabajadores para llegar a las fechas estipuladas.

En resumen, el futuro del anime es contradictorio, pero puede ser brillante si se garantizan medios de financiación adecuados para cubrir los costes de producción. Los miles de animes que salen cada año, y los millones de amantes del género que siguen subiendo en los cinco continentes, nos dicen que el anime tendrá que adaptarse para sobrevivir utilizando la tecnología como su mayor baluarte y escudo.


Esta ha sido toda la historia del anime, desde los años 20 hasta ahora. Aunque parezca que la evolución ha sido tremenda, debes tener en cuenta que el anime siempre ha sido un subgénero cultural lleno de pasión, belleza y con mensajes que traspasan la piel. Así que, si quieres que te recomendemos cualquier anime, solo tienes que preguntarnos en nuestras redes sociales o a través de nuestro correo electrónico.

Esperamos que hayas disfrutado este viaje por el anime con nosotros


5 comentarios en “La historia del anime, desde el principio: un homenaje al anime”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos Ver más

  • Responsable: Juan Pérez Ruescas.
  • Finalidad:  Moderar los comentarios.
  • Legitimación:  Por consentimiento del interesado.
  • Destinatarios y encargados de tratamiento: No se ceden o comunican datos a terceros para prestar este servicio. El Titular ha contratado los servicios de alojamiento web a IONOS que actúa como encargado de tratamiento.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional: Puede consultar la información detallada en la Política de Privacidad.

🎐La historia del anime 📚

Katsudo Sashin, el primer cortometraje en la historia del anime y un auténtico enigma

Los padres del anime

Conoce a los primeros padres en la historia del anime, aquellos que pusieron las bases de sus técnicas y formatos en Japón: Seitaro Kitayama, Sanae Yamamoto y Noburo Ofuji. 

El anime en la 2ª Guerra Mundial

La 2ª Guerra Mundial fue fundamental en el origen del anime. Descubre cuál fue la primera película de anime y cómo Kenzo Masaoka cambió la animación japonesa.

momotaro-dios-aguas-historia-del-anime
osamu-tezuka-y-los-animes-de-los-60-70

El anime de los 60 y los 70

Aquí verás cómo Osamu Tezuka inventó el anime para televisión con Astroboy y cómo este género cultural se convirtió en un fenómeno de masas en occidente. 

El anime en los 80 y los 90

Dragon Ball, Caballeros del Zodíaco, Sailor Moon… Esta es la época dorada en la historia del anime, en la que empezamos a sentirnos parte del nuevo fenómeno otaku. 

peliculas-series-anime-90
Historia del anime VII anime actualidad series peliculas siglo xxi

El anime del siglo XXI

¿Quieres saber cómo es el anime hoy en día? Te contamos cómo la tecnología, internet y el streaming han cambiado la industria del anime.

Scroll al inicio
Tu web anime utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu navegación.    Ver Política de cookies
Privacidad